Aquella idea, tan pura y repentina, estaba nublando todos mis pensamientos. No podía sacarla de mi cabeza. Era como una droga, algo nuevo para mi, por mas que ya llevara escribiendo, o tratando de hacerlo, por al menos unos veinte años. Para mi escribir lo era todo, lo mas importante para mi. Era mi capsula de escape de la realidad, de mis problemas. Mi refugio. Algunos se ocultaban tras vasos y vasos de cerveza, otros tras mujeres "costosas", detrás de abrigos de piel, o incluso colecciones de miniaturas, modelos a escala, estampillas o lo que sea. Mi refugio es el escribir.
A veces me ensimismo demasiado y me oculto muy profundo en mi cueva y me es difícil salir y volver a la luz natural, volver a ver la realidad. "Todos los excesos son malos." Eso decía mi esposa cuando me enterraba mas de lo saludable. Por diez años me lo dijo, hasta que se dio cuenta que ella no era el amor de mi vida, sino el escribir. Cuando sus ojos poblados de lagrimas descubrieron que guardaba a mis hijos en el cajón superior del escritorio. Entonces, en medio de gritos y llantos, ella juntó sus cosas en su valija y se marchó.
Esa fue una era oscura, llena de soledad y pesadillas vivientes. Una eterna guerra entre la locura y la razón. Una lucha a la que sobreviví gracias a mi refugio y a mis armas, la Underwood sobre todo.
El ambiente de la casa se fue viciando progresivamente con el olor a cigarrillo y a whisky barato hasta impregnar el olor de manera definitiva en todo el lugar, sin importar cuanto tratara mas adelante por quitarlo. Había venido para quedarse. Al igual que mi habilidad para crear cuentos un tanto macabros, me sentía como un Poe a veces. Sacaba provecho de mi situación, mi soledad y el ambiente viciado que había creado. Esto era perfecto para imaginar las mas desquiciadas ideas y plasmarlas en el papel. Aunque últimamente me hubiera decidido, quizás erróneamente, a escribir esa novela. La idea no era mala, pero a medida que iba terminando los capítulos y comenzando uno nuevo veía como la historia perdía su gracia y atractivo, y , al menos para mi, llegaba a ser innecesariamente larga y de una calidad bastante baja. Estaba pensando en volver al primer borrador y dejar la idea en un cuento nada mas, quizás uno un poco mas largo que los demás, pero llegar a ese punto y frenar. Nada de novela por ahora.
Pero ese pedazo de papel. Esa idea voladora que atrapé por los pelos. Ese borrador. Tan puro, tan nuevo, tan refrescante.
Por alguna razón había estado observando el paisaje desde mi ventana, la que estaba ubicada junto a mi escritorio para proveerme de una basta luz natural. Aunque rara vez la abría, el oscuro ambiente de mi precaria oficina me ayudaba a entrar en el oscuro mundo de donde nacían mis cuentos. Desde allí sentado, frente a mi fiel compañera, la Underwood, veía el sol caer lentamente sobre el horizonte. Vi pájaros como manchas fugases que por un instante se interpusieron entre la gran bola de fuego y yo. Unas nubes le daban un tono imperfecto al placido cielo de verano. La ciudad, catorce pisos mas abajo parecía calmada y no emitía casi ruido molesto alguno.
Por primera vez en muchos años me sentí feliz, realmente feliz. Fue entonces cuando apareció, repentinamente como si al doblar una esquina me encontrara con un viejo amigo al cual casi no reconocía por el tiempo de nuestra separación. La idea, aquella bendita idea que atrapé tal mariposa con una red y decidí añadirla a mi colección debido a su extraño color.
Ahora se encontraba ahí frente a mi, elegante sobre su precario y no demasiado fino traje, en su primer borrador.
Bendito pedazo de papel.
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