El trabajo había sido sencillo, coser y cantar. El gordo había seguido su rutina de fumarse un habano en su terraza del quinto piso observando la fría ciudad descansar en el manto oscuro de la noche, por mas asquerosa mente helada que fuese esta, como solían ser en la ciudad en esa época del año.
Como odiaba el frió calara sus huesos, ¿por qué carajo le habían encargado a él esta misión? ¿Por qué no a un sicario más del montón o a algún asesino de poca monta? No, él había sido elegido por el mismísimo Don, su mano derecha, el dueño de la mitad de los negocios tapaderas de toda la región, señor de más de un millar de cocinas y laboratorios de drogas escondidos en sótanos. ¿Que planeaba el viejo? ¿Serian ciertos los rumores de que su vejez le estaba jugando malas pasadas? ¿O simplemente se quería deshacer de un estorbo?
Pero al parecer el trabajo había sido sencillo. Esperar que el gordo se marchara, subir por la escalera de incendios, forzar la ventana, aflojar unos tornillos en el barandal de la terraza y salir sigilosamente. Así es como se cocina una tortilla de gordo canalla al pavimento señoras y señores. Sin testigos, sin mayores preocupaciones y listo para desayunarlo con una taza de café y un ejemplar del periódico matutino.
Desde el asiento de su antiguo Ford vislumbró todo el espectáculo, la llegada del gordo a su departamento luciendo su desagradable traje blanco aparentando ser alguien moderno. Lo vio saludar al portero, el cual al instante que se marchó el gordo se limpio disimuladamente la mano por el pantalón de vestir. Obviamente tomó el ascensor, su corazón no aguantaría un viaje de ida por la escalera hasta el octavo piso, no sin un par de escalas. Se encendieron las luces del apartamento de lujo, y luego de un par de minutos el gordo se mostró en la terraza, y con todo su esplendor encendió un habano, no aquellos de calidad, sino uno que simulaba con una forma y color de los más ostentosos. Y apoyándose ligeramente en el barandal, sin darle tiempo la dama gravedad de darse cuenta de que algo andaba mal, vio como el paisaje cambiaba de la oscura noche estrellada de luces de neon a un llano y frío asfalto que se acercaba frenéticamente.
El portero, que hacía no más de diez minutos lo había saludado, vio como el gordo dejaba su mancha de paso en toda la acera del hotel cuatro estrellas. Sin duda seria todo un trabajo volver a dejar presentable el lugar luego de tremendo espectáculo. Por casi un instante sintió pena por él, pero sabia que el muy bastardo andaba metido en cosas sucias, narcóticos, y que a pesar de ser humano en el exterior, por dentro solo era un montón de escoria.
Al finalizar todo, luego de que llegaran los primeros coches patrullas, pero antes de que los oficiales bajaran y acordonaran toda el área, el Ford emitió su típico rugido de encendido y se marcho lenta y sigilosamente al compás de una antigua canción de Los Beatles, con el conductor cantando suavemente, para que solo él pudiera oírse, Hey Jude, don’t make it bad, dejando atrás todo el show que habia preparado para sus amiguitos los oficiales, inspectores y periodistas. Disfrútenlo, se dijo. Mientras tanto del cielo, una mancha blanca descendía lentamente. El frío había traído compañía.
El trabajo ya estaba hecho, solo restaba buscar un teléfono limpio para hacérselo saber al jefe y luego seria libre de volver a casa. “Mierda que este frío cala los huesos” solo eso pensaba él. Parecía que hacia tanto frío como para congelar el combustible del tanque, ja, eso ya seria el colmo de la mala suerte.
“No dejes que tu imaginación vuele mas allá del horizonte de lo racional Tony, eso fue lo que le pasó al tío Alfredo y viste como terminó, incendiando la casa “para ver si se podía calentarla toda de una sola vez” y así matando a papá”
“No te mientas Tony, eso no fue lo que realmente ocurrió” dijo de repente una voz extraña y a la vez familiar que llegó a él como un suave susurro al oído para que nadie mas lo escuche.
Tony sobresaltado miró rápidamente a su alrededor y todo lo que descubrió fue que estaba solo en el Ford, tal y como lo había estado unos segundos antes. Suspirando complacidamente se dijo “Solo es tu mente jugándote bromas pesadas, necesitas dormir Tony. ¿Hace cuanto que estas despierto?”
Alargando la mano decidió volver a encender la radio, la había apagado hacia unos minutos debido a que habían dejado de transmitir música para concentrarse en debatir sobre los mensajes de los oyentes y sus opiniones sobre la evolución de la música en los últimos cuarenta años. Como odiaba que se pasaran charlando sin sentido en la radio en lugar de transmitir música, como si la gente quisiera escuchar una charla ajena en la cual no podía opinar o acotar alguna idea o corrección. Pero por supuesto, el poder consumía a la gente y los llevaba a creerse superiores.
Sus dedos tocaron el botón de encendido y para variar ahora la radio transmitía ahora un reporte de clima que anunciaba vientos con posibilidades de ventiscas. Cambio la sintonía hasta encontrar algo de música que hiciera más pasajero el viaje. Era una canción de rock comercial, aquellas que carecen de sentido y solo son conocidas por una temporada, pero con eso bastaba.
A la distancia vislumbro una parada de camioneros al costado de la carretera. Solo se detendría a hacer esa llamada al jefe, capas cedería un café y luego seguiría su camino. Ahora solo quería llegar a su departamento y acostarse en su cálida cama.
Mierda que hace frío.
-"El gordo ya no será problema, no volverá a hablar excepto con San Pedro, jefe.- dijo observando de reojo como la camarera servia café en su taza mientras él estaba en la cabina."
-"Bien. ¿Te aseguraste que nadie te vea?"
-"Por supuesto jefe, usted mejor que nadie sabe que soy un profesional."
-"No te confíes Tony, eres el mejor, pero incluso hasta tú puedes equivocarte."
-"Esta bien, como usted diga jefe, pero el trabajo ya esta hecho, y nadie me ha visto, me he asegurado. Tampoco he dejado huellas, tomé precauciones especiales en eso. Ahora lo dejo, me queda un largo trayecto a casa."
-"Tony, deberías detenerte en algún hotel, han dado alerta…"
“Viejo chiflado, es solo un ventarrón. Un poco de café, algo para comer ya que estamos y a darle gas a esa cafetera que tengo una cita con mi cama.”
-"Hola mi amor, parece que el trabajo esta tranquilo esta noche- dijo sentándose en su butaca señalada con la taza de café caliente.- ¿Qué me recomiendas para acompañar este café?"
-"No te vendría mal un bocado de la tarta de naranja."
-"No, creo que no vendría mal. ¿Y que tal algo de compañía?"
-"No hasta que termine mi turno, cariño."
-"¿Y cuanto falta para eso?"
-"Ja, acabo de entrar hace solo unas dos horas, y según tengo entendido para cuando acabe estaremos hasta la cintura de nieve."
-"Solo si crees es las profecías de los mentirologos. Yo estoy yéndome a Capital, ¿tu de donde eres?"
-"Bah, de un pueblo pequeño llamado Monte Rocoso, aquí a solo un par de minutos hacia el norte por la carretera."
-"Esta bien cariño, puede que vuelva uno de estos días por mas café y tarta de naranja y espero que no estés tan ocupada como para que te pueda invitar a un par de copas en algún bar."
-"Ja, como digas citadino, pero yo que tu primero me preocuparía por encontrar refugio pronto, la tormenta no tardará en llegar."
-"Profecías, nena. Simple profecías de los mentirologos."
Pero las profecías no parecían ser tan erradas después de todo, al salir se había encontrado con una fina alfombra blanca en el piso que casi lo hizo caer de bruces en el pavimento.
“Maldito frío”
Se acercó lentamente al Ford para no caer, y luego entró. Se sentía una leve diferencia de temperatura debido a la calefacción, pero aun así, él castañeaba los dientes sin cesar.
Miró su mano, tenía la servilleta del café, en ella se distinguía una serie de números, ja, sus encantos lo habían logrado de nuevo. Linda chica aquella camarera, rondaría los veinte, si es que no los había cumplido aún.
Aguantaría un par de días y se daría una vuelta por allí a ver si lograba algo con ella, al parecer estaban dejándole de gustar esas relaciones de una noche. ¿Cómo había dicho que se llamaba el pueblo? ¿Monte qué? Ah, bueno, luego se fijaría en un mapa y averiguaría.
La nieve estaba comenzando a molestar su visión.
“Maldita sea, lo que faltaba”
-Capaz debería dejar de lado tu orgullo y por una vez no hacer caso omiso de las advertencias de los demás- dijo de nuevo la fantasmagórica voz familiar pero esta vez él estaba seguro de haberla oído, esta vez habia sido mas que un susurro casi inaudible, esta vez fue como si el interlocutor estuviera sentado en el asiento del acompañante.
La voz le resultaba inquietantemente familiar, pero no podía ser, era imposible.
-Quizás no lo sea- dijo de nuevo la voz hablando con un tono inundado de indiferencia, como si el emisor careciera de sentimientos o tuviera el corazón de piedra.
Lentamente, como si su cuello necesitara una buena dotación de aceite, giro la cabeza hacia la dirección de la que provenía la voz. Ante él se alzaba una imagen que, años atrás, creyó que nunca volvería a ver. Veinte años.
Su padre se encontraba frente a él, en su aspecto original, antes de que… ocurriese.
-¿Cómo estas Tony? Bastante tiempo que no nos veíamos. Bah, que tú no venias a verme, yo siempre, siempre te estoy viendo Tony.
Sentía como que sus extremidades se separaban de su cuerpo y alejaban paulatinamente. Lo único que sentía era la presencia de su padre a su lado y el incesante latido de su corazón marcando un ritmo frenético y salvaje. Sus ojos se desviaron rápidamente hacia el frente, de donde unas luces brillantes cegaban su visión.
Continuará
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